
Mucha música original había producida en manos de Malpaís y fue por insistencia de amigos y personas cercanas a ellos que decidieron empezar a chivear en el lugar que es ahora prácticamente su casa, el Jazz Café. Fue el Big Bang que originó el enorme universo que hoy gira en torno al grupo.
Uno fue su primer hijo, un niño prodigio se podría decir. Su sonido tiene vida e identidad propias, identidad que prácticamente nadie se atreve a negar como costarricense, de cepa, pisoetierra. Está lleno de letras cargadas de poesía y nostalgia por la Costa Rica campesina de los abuelos, de potreros y playas limpias, de amores adolescentes que se formaban bajo el ardiente sol de la pampa guanacasteca, letras que igual viajan el ritmo de melodías tropicales o sencillos arpegios de guitarra. Pero su música no se queda solo en el pasado, también pinta hermosos paisajes urbanos llenos de personajes singulares.
La magia de su música radica en que ha logrado unir a diferentes generaciones y ganar el afecto de gente con distintos intereses musicales. Bien lo dijo una amiga, el denominador común de respeto entre el reguetonero y el metalero. De alguna forma han conseguido ponerle cara a un término tan amplio como “la música costarricense”. A sus hoy multitudinarios conciertos, lo mismo va la abuelita que la hija quinceañera que grita ¡Jaime rico!, y ambas corean todas las canciones de cabo a rabo sin pena ni vergüenza alguna.
Con un disco, Malpaís ayudó a conseguir cosas que hace 15 años eran inimaginables: ventas de miles de discos de un artista nacional, conciertos con asistencia abarrotada en escenarios como el Palacio de los Deportes, uniformar a una enorme masa de fans que orgullosa viste su camiseta con el logo del grupo… En resumen, lograr que toda Costa Rica volviera sus ojos y oídos hacia la música nacional original.
Alrededor de Malpaís nacieron también aliados importantes para seguir en la labor de la creación y difusión de la música con carácter autóctono. El ejemplo más grande es el sello Papaya Music, que hoy es ya todo un referente del empuje ya no solo de la música con sello tico, sino centroamericano.
Ojalá y otros géneros musicales puedan conseguir el mismo apoyo para lograr una mayor proyección de la música hecha en Tiquicia. Quizá esfuerzos de integración como el Festival Rock en el Farolito en futuro no muy lejano, permitan a muchos músicos y bandas la posibilidad de sacar su música de nuestras fronteras y de soñar con escenarios más allá de las paredes de la cochera o la sala de ensayo.
